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Qué queréis que os
digamos. En un principio la idea era cubrir uno de los shows, pero
luego casi todos los que hacemos Rock Trip acudimos a una de las
citas en directo con la banda británica. Luego pensamos que
podíamos contarlo de un modo especial, contrastando nuestras
opiniones, pero finalmente resulta que éstas casi coincidían.
Así que lo que leeréis en esta página virtual
es, al tiempo que una crónica de los tres conciertos que
integraron la gira, una especie de homenaje a la última banda
que nos ha hecho soñar. Si estuvisteis allí quizás
os sirva para recordar, si no, para descubrir a una banda que no
deberíais dejar pasar. Con todos vosotros, el grupo que ha
devuelto el rock a lo más alto: The
Darkness.
Texto: Miguel.Asturias (Vitoria),
Juan E. Tur (Madrid) y Joan Carles Arnau (Barcelona).
Fotos: Joe Coco (inferiores, cedidas por Dick
Is Dead), Juan E. Tur (superior).
VITORIA. AZKENA.
13.12.2003
Siempre he envidiado a la gente que, por así decirlo, estuvo
allí para verlo. Esas personas que formaban parte del público
que vio a unos mocosos insolentes que se hacían llamar AC/DC
tocando en los tugurios de Sydney allá por el 74 o los que
iban a ver a principios de los 80 a unos tal Mötley Crüe
en los garitos más infectos de L.A. Siempre quise poder sentirme
orgulloso de haber visto actuar a unos recién llegados que
con el tiempo se convertirían en algo grande, aunque, tal
y como están las cosas en el mundo del rock hoy día,
ya daba ese sueño por perdido. Pero como decían Iommi,
Ozzy y compañía, "never say die!". Fue hace
ya unos meses que un nombre empezaba a sonar asiduamente por varios
sitios: The Darkness. Al principio no hice mucho caso, pero era
tal la insistencia que comenzó a picarme la curiosidad y
el remate vino con un entrevista en la Popular1. ¿Un tipo
que reconoce como su ídolo a David Coverdale y que habla
con pasión de Thin Lizzy a estas alturas?. La secuencia fue
así: compre el CD, lo puse en el equipo, y sólo hay
una palabra que resuma lo que sentí: ILUSIÓN. Era
el sonido, era la voz, el convencimiento y la arrogancia. Eran las
guitarras, los arreglos y esa contundencia dulce que hacía
mucho años que no oía. Fue entonces cuando recuperé
la posibilidad de cumplir mi sueño y además sin tardar
demasiado, The Darkness hacían un tour por España
y una de esas fechas era a sólo cuatro horas de coche, así
que no hubo nada que pensar ni discutir. Este concierto sirvió
para celebrar el 2º aniversario de la Sala Azkena en Vitoria
y el promotor era diferente a los de Madrid y Barcelona, por lo
que no vimos a los mismos teloneros que en las otras dos ciudades.
No me gusta hacer de menos al grupo que abre el concierto, pero
no me queda otro remedio ya que la puntualidad de Silvertide, la
banda telonera en Vitoria, fue tal (empezaban a las ocho) que no
llegué a ver dos temas enteros. Lo que vi me hizo arrepentirme
de no haber salido un poco antes, cinco chavales americanos (de
Philadelphia) a los que se les quedaba pequeño el escenario
y que están conquistando su parcela con un EP de tres temas
llamado American excess. Lo siento mucho, espero que sea
para otra vez...
Son
algo mas de las nueve, y cuatro enormes roadies se afanan en dejar
el escenario listo para The Darkness mientras suena de fondo el
LP High voltage de principio a fin, a pesar de que les sobraron
tres canciones... ¿Una muestra de respeto? Muy posiblemente,
porque con el ultimo riff de los australianos en el P.A. llegó
el momento. Ese instante casi mágico en el que ves haces
de linternas que alumbran el suelo del escenario convirtiendo a
quienes están encima en vagas siluetas. Entonces las guitarras
se ponen en su sitio, unos pequeños acoples y el salto al
vacío. Suena el riff de Black shuck y ahí los
tenemos tal como los esperábamos. Todo ha cobrado otra dimensión,
ahí está Frankie Poullain con su cinta en la cabeza
y su bigote, Ed Graham aporreando la bateria y a los hermanos Hawkins,
Dan con su camiseta de Thin Lizzy de lentejuelas y Justin con una
funda de tiras rosas y blancas, todo poses, todo glamour y todo
actitud. Siguieron con The best of me y la increible Makin'
out, cara B del single I believe..., donde sus influencias
de los hermanos Young se hacen más patentes... Y así
van desgranando su primera obra grande, Permission to land.
Gett your hands off my woman o Givin'up con constantes
guiños al público para que participase... He oído
muchas veces que las bandas inglesas son frías, pero desde
luego, este no es el caso. Primer cambio de atuendo de Justin para
la "powerballad" Love is only a feeling. Ellos
mismos han dicho que era un reto para el grupo devolver las baladas
a donde merecían estar, despojándolas de todo lo que
tuviese que ver con Bon Jovi y compañía, y en mi opinión
lo han conseguido, demostrando cómo hacer un tema lento y
con sentimiento sin azucararlo tanto que empalague. Growing on
me, Stuck in a rut, Friday night... los temas se suceden entre
saltos imposibles (mas teniendo en cuenta lo reducido del espacio
en el escenario), cambios de guitarra en cada canción y presentaciones
de los músicos como la de Fran Poullard, el bajista, a quien
Justin se refirió como el espíritu de Phil Lynott.
Apenas quedan balas en la recámara, no tocarán la
otra balada del disco, Holding my own, algo que nunca hacen
por alguna razón, pero tras ponerse una nueva funda (negra
y naranja esta vez, creo recordar) Justin hace sonar unas notas
de I believe in a thing called love, el tiro de gracia. A
medio de la canción Justin desaparece y Poullard no deja
de señalar a un lateral del pit, algo que nos sirve para
darnos cuenta de que Justin está a hombros de un enorme roadie
tocando la guitarra entre la gente! era como ver un video de AC/DC
en el 78. No podía creerlo. Aquí fue cuando ya tuve
que ir a darle una palmada, igual que todos los que estábamos
por allí, como si tuviésemos quince años. Fue
como ver pararse el tiempo en 1983, cuando era un adolescente hormonado.
El único problema era que con esa descarga venia el final,
como cuando Kiss hacen Rock and roll all nite o Motörhead
Overkill.
Lo bueno dura poco y en esta ocasión
menos; sólo tienen un disco y un single, no se puede esperar
mucho más... Pero aún nos quedaba un ultimo regalo,
Love on the rocks with no ice, uno de los temas mas genuinamente
hardrock del disco, donde se produjo una extraña simbiosis.
Cuando a mitad del tema quedó la batería sola, Justin
cantaba una frase con la intención de que nosotros respondiésemos
cerrando el estribillo. Pues bien, en lugar de eso, todo el mundo
se puso a cantar We will rock you de Queen por encima de
la batería, y Justin, que tenía cara de no saber como
tomárselo, terminó tocando el tema de Queen con la
guitarra también!. Queda claro que esta gente conserva su
pasión intacta y así lo han demostrado. No sé
cuanto puede durar esto, hoy día el negocio es muy extaño
y quizá caigan tan rápido como han subido; o quizá
sigan en el negocio el tiempo suficiente para regalarnos los oídos
con un buen montón de discos. Cualquier posibilidad es válida,
pero por mi parte siempre tendré un gran recuerdo de The
Darkness. Cuando ya daba por hecho que el fuego se había
convertido en brasas, llegaron ellos y soplaron de nuevo.
MADRID. DIVINO
AQUALUNG. 14.12.2003
Algunos pensarán que soy un lunático, pero para mí
es sencillo el secreto de The Darkness. Aunque parece que todos
se empeñen en que el futuro del rock está en las máquinas
y la fusión, que debe pasar, bien por el tamiz de la melancolía,
o por el de la denuncia o el horror; todavía quedamos un
puñado de tipos que añoramos los viejos tiempos; aquellos
en los que el rock era rock, con sus miserias y su grandeza, con
su diversión y, sobre todo, con sus héroes, aquellos
que representaban lo que queríamos ser, los que nos hacían
olvidar la miseria en que vivimos y, en sus conciertos, nos hacían
sentir partícipes de su triunfo. Y al parecer, ese puñado
de tipos, no somos pocos. Por eso, cuando tras años de miserias
estos cuatro caballeros se asomaron a nuestras pantallas, no pudimos
más que rendirnos a sus pies. Al menos eso me sucedió
a mi cuando ví el video de Growing On Me en la VH1.
Al principio creí que, emitiéndose donde se emitía,
debía ser otra vieja banda cuyo nombre jamás había
escuchado, pero cuando me volqué sobre el ordenador y descubrí
que eran una banda actual, presentí que estaban llamados
para la gloria. Claro que eso lo había sentido en otras ocasiones
-cada vez que escucho a The Hellacopters, cuando vimos crecer a
Backyard Babies...- y nunca acababa de ser verdad. Sin embargo en
esta ocasión, cuando semanas después su álbum
salió a la venta en el Reino Unido, aquél presagio
se empezó a convertir en realidad. Para verlo editado en
España tuvimos que esperar, y pese a que arrancó lentamente,
su calidad le colocó en el lugar que merecía. Y así,
de repente, todo el mundo comenzó a conocer a The Darkness,
y tan pronto como sucedió fuimos tantos los que les entregamos
nuestra confianza como los que desprestigiaban su música
o los calificaban de parodia del rock n' roll. Había pues
que despejar las dudas y eso sólo se podía hacer viéndolos
sobre el escenario.
Y
así, cuando Miguel todavía trataba de recuperarse
de su impresión en Vitoria, la delegación valenciana
de Rock Trip se echó a la carretera de camino a Madrid. Y
tras un viaje verdaderamente épico (no explicaré cómo
las poco más de tres horas de trayecto se convirtieron en
casi siete de puro delirio) pusimos nuestros pies en el centro comercial
en el que se ubica Divino Aqualung. Ya allí, ni la victoria
del Real Madrid pudo apagar nuestra euforia y la creciente tensión
que se respiraba a las puertas de la sala a medida que cientos de
seguidores, de creyentes y de curiosos, se agolpaban ansiosos por
ver cómo se lo curraban los cuatro británicos sobre
las tablas. A partir de ahí todo carece prácticamente
de importancia en mi memoria hasta su irrupción en escena,
aunque sí cabe señalar la presencia de los teloneros
Rocket Science, cuatro tipos que en otro lugar habrían resultado
una sensación (conozco a más de un criticucho que,
de haber estado allí, habría escrito que se comieron
a la banda de los hermanos Hawkins) con su apuesta por la suciedad
y la densidad; pero allí, dónde el público
quería escuchar una buena voz, bases rítmicas épicas
y guitarras dobladas, su música más bien parecía
el resultado de una época a la que, los presentes, daban
ya carpetazo final con la aparición de sus nuevos héroes.
Tuvimos que escuchar casi dos veces y a todo volumen el Highway
To Hell de AC/DC antes de que Justin y compañía
salieran a escena, pero lo que para otros sería un suicidio
(cómo sales ante un público que acaba de oír
semejante sucesión de clásicos) para ellos fue una
especie de intro, de mensaje anticipatorio de lo que íbamos
a presenciar. Porque como cuatro pitbulls hambrientos, aunque esta
vez de triunfo, Ed Graham, Frankie Poullain y Dan y Justin Hawkins
irrumpieron en el escenario a demostrar porque son, a buen seguro,
la banda revelación del presente año. Y en ese instante,
casi habiendo escuchado sólo dos compases de su intro instrumental,
cualquier tipo de duda quedaba disipada: estos tíos rockeaban
en disco y rockean mucho más en vivo. Respecto a su show
de Vitoria prácticamente ninguna diferencia; repaso casi
completo a Permission To Land y a las caras B de sus singles
y delirio absoluto en Black Shuck, Growing On Me (incomprensiblemente
a mi parecer, metida casi al inicio del show), Givin' Up, Get
Your Hands Off My Woman o I Believe in a Thing Called Love,
aunque el resto tampoco desmerecieron con una ejecución que
pasaba de la emotividad de Friday Night a la agresividad
de los riffs de Stuck In A Rut. Como bien dice Miguel en
su crónica, si alguna vez quisimos estar presentes en el
alumbramiento de unas grandes estrellas, ésta, sin duda,
es la vez que posiblemente más cerca hayamos estado de ello.
Yo personalmente no ví a nadie
salir decepcionado del local y a pocos sin un souvenir comprado
en el saqueado stand de merchandising. El concierto, pese a haberse
basado en un sólo álbum, había sido tremendo,
quizás más de lo que cabía esperar, mostrándonos
a una banda muy sólida y a un Justin Hawkins que se mostró
como todo un rock star. Como ha escrito Miguel y leeréis
un poco más abajo en la crónica de Arnau sobre el
show de Barcelona, nadie sabe lo que deparará el futuro de
la banda. Pero lo que os puedo asegurar es que los que vimos a The
Darkness en esta gira jamás lo olvidaremos. Esperemos que
aquellos cuyos prejuicios pesaron más que la curiosidad y
no acudieron a la cita, estén arrepintiéndose durante
muchos, muchos años.
BARCELONA. RAZZMATAZZ II. 15.12.2003
Por fin llegó el día que encontraría delante
de mi a la banda novel del momento. Uno no siempre tiene la oportunidad
de poder ver en pleno auge al grupo revelación, al que le
emiten costosos video-clips en la MTV y sobre el que escriben en
cualquier dominical. Todo el mundo hablaba de ellos, para mal o
para bien. Tras haberme empapado de todo lo publicado sobre la banda,
la expectación alrededor del concierto era máxima.
Así que me tire de cabeza en busca del eslabón perdido
que es, poco más o menos, lo que para algunos son los cuatro
británicos, una banda que, pese a su corta trayectoria, ya
ha tenido la oportunidad de abrir para gente como Def Leppard, Alice
Cooper o los mismísimos Rolling Stones.
La
fotografía de lo que pude ver en la calle de acceso a la
barcelonesa sala Razzmatazz 2 fue bastante curiosa. Acostumbrado
a frecuentar dicha vía en las noches de conciertos, os diré
que nunca antes había visto tantos guiris de menos de veinte
años, borrachos, y cantando temas clásicos intercalándolos
con los de la banda sensación (que es como yo la calificaría).
La cola para acceder a la sala casi llegaba hasta la acera contraria,
y es que las entradas estaban agotadas desde días antes del
show. Aquello parecía más bien una fiesta de fin de
curso, con fans disfrazados imitando a Justin Hawkins, otros con
guitarras hinchables y alguna que otra corona supongo que a modo
de homenaje a unos Queen idolatrados por el líder de The
Darkness. Entre tanto, las viejas generaciones de rockeros empezaban
a aparecer y a dejarse ver, exhibiendo sus camisetas y parches de
las legendarias bandas que han asentado las bases del rock con mayúsculas.
Cuanto menos un tanto peculiar el contraste entre los fans que allí
me encontré.
El show estaba enmarcado dentro del III aniversario
de la sala Razzmatazz y patrocinado por una conocida marca de cerveza,
pero lo peor estaba por llegar. Los teloneros, de cuyo nombre no
quiero acordarme, eran sencillamente patéticos. Habría
que darle una medalla al que se le ocurrió la brillante idea
de darles cabida dentro del programa. Menudo tostón de cuarenta
largos minutos que se marcaron los tíos. No fueron, precisamente,
lo que se dice la mejor elección para poder abrir un show
de puro hard rock enraizado en los años ochenta. Tras aguantar
estoicamente el chaparrón, hubo que esperar otros tantos
minutos para poder disfrutar de una vez de la banda que encabezaba
el cartel que hacía uso del viejo truco de hacerse de rogar
mientras los fans no paraban de corear su nombre una y otra vez.
Mientras, el merchandising funcionaba a muy buen ritmo.
Y cuando definitivamente se abrió el telón,
con él se abrió la ventana de los sueños y
del éxtasis rockero. Allí estaban los hermanos Hawkins
acompañados de bajista y batería para desvelar los
secretos del porqué han llegado tan rápido y tan bien
hasta donde están. La indumentaria, tanto de Justin como
de su hermano Dan, era todo un homenaje a bandas como Boston, Queen
o Thin Lizzy (con un Dan luciendo como siempre una glamurosa camiseta
con el nombre de la banda liderada por el mítico Phil Lynott
con letras brillantes en toda una declaración de intenciones).
La fórmula de hermanos formando parte de una misma banda
parece que da resultado. Véase los Allman de la mítica
banda The Allman Brothers Band, o Chris y Rich Robinson de los tristemente
desaparecidos Black Crowes, y por supuesto los Young de los grandiosos
ACDC entre otros. Tras una intro hasta arriba de rock en estado
puro, sonó Black Shuck tema que abre también
el disco. Un estallido de coros, sudor y guitarreo que agradecí
más que nunca tras haber tenido que aguantar los temas de
la anterior banda. El sonido era bueno y Justin se mostraba tal
cual lo había podido ver en shows y vídeos a través
de Internet. Growing on me le siguió, pero no sin
que antes la banda comenzará a animar al público para
que levantara sus manos y diera palmas enérgicamente. Fue
excitante ver la respuesta de los presentes coreando cada uno de
los temas que suenan a clásicos desde el primer día.
La descarga fue brutal e interpretaron casi la totalidad de temas
que forman ese Permission to land que tanto está dando
que hablar. Get your hands off my woman y mi favorito Givin'
up, el tema que más se aproxima a los ACDC, me hicieron babear.
Mientras, el auténtico protagonista del show, Justin , no
paraba de saltar y de exhibirse enfundado en monos que cambió
en diferentes ocasiones para disfrute del público femenino.
Incluso se permitió la licencia de saltar al público
con su gibson en mano para seguir con el riff de Friday night
de lado a lado de la sala volando sobre algún colaborador
que prestó sus hombros para la ocasión. Todo un espectáculo
que, si bien no fue demasiado largo, sí dejó satisfechos
a la mayor parte de los asistentes. Buen sabor de boca y la duda
de si la banda podrá sobrevivir mucho tiempo a las voraces
fauces de la industria discográfica.
Ahora están arriba. Tienen los medios, las
ganas y la calidad suficiente para ello. Las primeras aproximaciones
al enorme mercado norteamericano parecen haber sido positivas y
han conseguido que todo el mundo hable y escriba sobre ellos. Para
algunos no son más que una copia barata de los grandes monstruos
de la historia del rock, para otros un soplo de aire fresco que
se cuela en los medios de máxima audiencia aportando no demasiadas
novedades con un tío con una voz muy pero que muy peculiar
. ¿Por qué cada vez que una banda mete la nariz en
el escaparate se le tacha de comercial y de producto de márketing?
Quizá haya alguno que todavía prefiera levantarse
cada mañana y, al poner la radio, tener que escuchar a algún
miembro de Operación Triunfo.

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