Los espabilados de siempre dirán que es por el dinero, y no se equivocarán. Si Mötley Crüe están juntos es por la pasta y es así cada segundo -y no han sido muchos- que han permanecido juntos desde 1992. Pero lo mejor de todo es que a ninguno de sus fans le importa. Es más, en su caso es hasta un valor añadido. Mötley Crüe, como gritaban los speakers antes de que pisaran escena, son los "bad boys of rock n' roll": lo que para el resto de bandas son anécdotas sin confirmar que aportan una pizca de salvajismo a sus biografías, han sido los ingredientes del día a día en la vida de los cuatro integrantes de la Crüe.

Dicen que son seis los años que han pasado desde sus separación hasta la presente gira de reunión, aunque realmente la historia de la banda lleva ya casi una poco fructífera -a nivel de lanzamientos originales- década y media marcada por las entradas y salidas de sus integrantes. Primero fue Neil el que vio la puerta por su irremediable adicción al alcohol y las mujeres y su escasa concentración en el devenir de la banda. Pero claro, cuando la pasta empezó a menguar en ambos frentes, la oveja volvió al redil, abogados mediante, con un cierto desacuerdo por parte de Tommy Lee. Y claro, este sería el siguiente en salir por patas, después, eso sí, de girar durante un buen tiempo con un contrato con la banda mediante el cual ni él ni Neil coincidirían en ningún lugar que no fuera el escenario. ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? Que un Vince borracho, mientras el batería cumplía la condicional tras salir de prisión por violencia doméstica, se dedicara a provocarle para que le golpeara (lo que sucedió) y poder enviar de nuevo a Lee entre rejas. Eso es compañerismo, así es como debe llevarse un grupo en gira.

Y esa, como bien sabréis, es sólo una de las innumerables anécdotas que han forjado la leyenda de la Crüe. Ahora, abogados, medios y pasta, mucha pasta de por medio, los han vuelto a juntar sobre un escenario, y es fácil que la mitad de las barbaridades que hayamos escuchado sobre ellos recientemente sean ciertas. ¿Y qué? ¿Qué más da que sus nuevos temas -grabados sin que coincidiera ninguno de ellos en el estudio- no valgan nada en comparación con sus viejos clásicos? ¿Qué importa si por fin pisan nuestro país y vamos a tener -si no se tuercen las cosas- la leyenda frente a nosotros? Y cuando más la necesitamos.

Porque si hay algo innegable es que Mick Mars, con su cadera de plástico, puede patear los culos de todas las bandas que pueblan las páginas del Mondosonoro. Porque sólo Kickstart My Heart vale más que toda la discografía de Björk. Porque, si hay una banda que por un momento nos puede transportar a un lugar y una época tan grandes como el LA de finales de los ochenta, esa es Mötley Crüe. Iván Labarta lo sabía y no pudo esperar a que el circo llegara a este pueblo que es España y tiró de los ahorros y cogió los bártulos para ver a la banda en los States. Y lo que sigue es la crónica de lo que vio y cómo lo vivió. Como leeréis, con que lo que llegue aquí sea sólo la mitad, será suficiente para que parte de los sueños de algunos, entre los que me cuento, se hagan realidad. Nos vemos allí.

Juan E. Tur


MÖTLEY CRÜE.
Greensboro Coliseum. Greensboro, NC (USA). 21 abril 2005.
Texto: Ivan Labarta. Fotos: Ivan Labarta/Kim Walker

En el mes de enero tuve conocimiento de que la gira de reunión de Mötley Crüe pasaba por Carolina de Norte en USA -mi hermano que vive allí se encargó de hacerlo- y desde ese preciso instante supe que iba a estar allí, sólo necesité escasos días para reservar los billetes y asegurarme la compañía de un par de amigos. A partir de ahí tres meses de cuenta atrás para ver un concierto que siempre he considerado imprescindible. Posiblemente la historia de la música podría escribirse sin Mötley Crüe, pero no sin su actitud y lo que ésta representó dos décadas atrás. Dicho esto mi historia personal no se concibe sin ellos y poder vivir la experiencia Crüe en directo era algo pendiente; con el paso del tiempo y en ocasiones gracias a giras de reunión, he podido ir viendo a una inmensa mayoría de las bandas que forman mi particular altar de los dioses y cuando hacía recuento siempre Mötley Crüe quedaban fuera, nunca habían venido a España y no me acuerdo de los años que hace que no pisaban Europa, en cualquier caso demasiados, suficientes como para que en su momento no hubiera podido plantearme el viaje a otro país.

Ver a una banda como Mötley Crüe en USA es algo completamente diferente a hacerlo en cualquier otro lugar, y no hablo únicamente del show, que lo es, sino de todo lo que lo rodea y sucede en torno a él. El espectáculo comienza fuera del recinto, ya en el aparcamiento del pabellón donde vivimos un auténtico heavy metal parking lot que tuvo su continuación en las colas de la entrada, con una fauna humana digna de estudio sociológico donde los mullets seguían reinando como si fuera 1985. Una vez provistos de las correspondientes pulseras que acreditaban la mayoría de edad para poder beber cerveza, accedíamos por fin al pabellón y a nuestras localidades, convenientemente numeradas como rige la norma americana que por supuesto violamos poco después de comenzado el concierto para poder verlo casi como ni siquiera hubiéramos soñado, en una zona reservada desde un lateral del escenario -a la que accedimos sin preguntar y sin ser preguntados- y desde donde nuestras manos y las de los músicos prácticamente se tocaban y quedaban tan cerca como para que Mick Mars nos entregara personalmente una de sus púas, Tommy Lee una de sus baquetas y Nikki Sixx su toalla.

El escenario se encontraba cubierto por una carpa de circo, ocultando lo que se nos venía encima. Tras numerosos encuentros con personajes del lugar, y después de contar mil veces a quien quería, e incluso a quien no, que veníamos de España para verles, las luces se apagaron entre el rugido de 10.000 gargantas, dando paso a una película de animación que durante algunos minutos recreó a los miembros de la banda hablando sobre su reunión y calentando al personal para que en el preciso instante en que la carpa desapareciese aquello se incendiara. Y justo eso fue lo que pasó: efectivas explosiones, bailarinas acróbatas y contorsionistas que jugaban entre ellas con sus cuerpos, payasos y enanos de circo... y de repente la figura de Vince Neil emergiendo de las profundidades del escenario en una plataforma elevadora y con él Shout At The Devil... simplemente perfecto, uno de los instante más felices de nuestras vidas tal como se reflejó en las caras que retrataron nuestras cámaras. Con este tema comenzó un primer set de nueve en total que nos hizo rozar el cielo: Too Fast For Love, Ten Seconds To Love (de pelos de punta), Red Hot, On With The Show (sorprendente y acertadísima elección), Too Young To Fall In Love, Looks That Kill, Louder Than Hell y Live Wire. Si el concierto hubiese terminado ahí no hubiera habido reproches, pocas veces acostumbro a disfrutar de un tirón de semejante colección de himnos de mi juventud. El decrépito circo que la carpa había dejado al descubierto tenía una frase escrita en la parte alta del escenario que decía The Loudest Show On Earth, y no se alejaba mucho de la realidad. La banda funcionaba de maravilla, Nikki Sixx era el animal que esperábamos; el remozado Vince Neil cumplía sobradamente con mis expectativas y, aunque nunca fue un cantante brillante, su voz lucía en justa medida; Mick Mars arrastraba su cuerpo literalmente por el escenario como consecuencia de una reciente operación de cadera, y por supuesto, los años de excesos (si alguna vez hubiera que definir el aspecto de un muerto viviente sería Mars); y reinando sobre todos ellos Tommy Lee, derrochando maneras y toneladas de actitud en la batería... Todavía recuerdo el impacto que este tipo me produjo cuando un año 1984 abrí la portada del vinilo de Shout At The Devil y me encontraba con la fotografía de un personaje por cuyo pellejo hubiera vendido mi alma al diablo; más de veinte años después conserva impecable ese aura y a pesar de sus equívocos devaneos musicales es, con letras mayúsculas, el batería de Mötley Crüe, insustituible.

Tras un pequeño descanso venía la segunda parte del show que comenzaba con la irrupción en escena de la banda a lomos de cuatro choppers recreando el ambiente del iconográfico video de Girls, Girls, Girls... con strippers incluidas, impresionante. Tras él llegaron los temas correspondientes a sus siguientes discos -el repertorio responde casi cronológicamente a su discografía- y nuevos momentos de éxtasis con Wild Side, Don't Go Away Mad, que sin ser uno de mis temas fundamentales es uno de los momentos del show que mejor conservo en la memoria -aún me recuerdo como un loco encaramado al escenario cantándola- Primal Scream, que sonó con una intensidad sobrenatural y a partir de ahí una sucesión de altibajos en esa intensidad que abrió Glitter, el instante power-ballad americano por excelencia con el encadenamiento de Without You y Home Sweet Home, el retorno al poder con Dr. Feelgood y Same Ol'Situation, los dos nuevos y anecdóticos en este contexto de viaje por el pasado If I Die Tomorrow y Sick Love Song, y el salvajismo desenfrenado de Kickstart My Heart que produjo convulsiones que fácilmente podréis imaginar. Creo que fue antes del primero de esos dos temas nuevos cuando Tommy Lee protagonizaba su instante estelar, en el que el solo de batería se convertía en un momento de lucimiento -merecido- a diez metros de altura. Suspendido de un cable de acero que le llevaba de un lado a otro del escenario, disfrutó como un niño e interpretó una suerte de espectáculo de percusión más que un típico solo, con ritmos entre electrónicos y tribales que musicalmente no aportaronnada pero visualmente enfervorizaron a la masa. De vuelta al suelo tuvo lugar uno de los momentos de nuevo genuinamente americanos que sólo allí tienen sentido... lo que fue llamado la "titty cam", Tommy provisto de una cámara de video iba seleccionando a determinada parte del público femenino para que enseñara sus tetas, que eran mostradas al público en las pantallas laterales -como podéis imaginar su elección fue perfecta- con alguna muestra que desafiaba toda ley natural. Lo más curioso es que nadie se le negó. Y finalmente el desenlace, en mi opinión algo extraño, con tres versiones -la primera casi pasajera a modo de introducción- Whole Lotta Love, Helter Skelter y Anarchy In The UK que quizá ilustre lo expuesto al principio de porqué la historia de la música podría prescindir del capítulo dedicado a Mötley Crüe. Aún así el sabor de boca fue insuperable y las dos horas y media de entretenimiento puro y duro que ofrecieron supieron a gloria. Recuerdo mi momento de levitación recién terminado el show diciendo que era el segundo mejor concierto que había visto en mi vida -también el primero lo vi en Estados Unidos- y es que inevitablemente el espectáculo fue grandioso, trascendió a lo musical.

En poco más de un mes este circo tiene parada en España, donde se han confirmado dos fechas en el mes de junio, aunque creo que tendrá menos de espectáculo y más de banda al desnudo... Nunca esas grandes producciones han viajado a Europa pero sea como sea no lo dejes pasar, vale la pena y pese a que Nikki Sixx se empeñó en comunicar al público que esta no era una gira de despedida, que pronto iban a registrar su nuevo disco, cuando lo que manda es el dinero y los egos nunca se sabe.

 


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