Me encanta el grado de complicidad que se puede lograr a través de una sección como esta de clásicos. Igual un día te permites el lujo de reivindicar la valía de grupos como Poison o Slaughter, que otro recuperas discos memorables e injustamente olvidados de formaciones que corrieron la misma suerte como The Four Horsemen o Little Caesar, al tiempo que mezclas en un mismo espacio a bandas tan dispares como Bon Jovi y Turbonegro. Sí, lo fácil sería cubrir la papeleta con álbumes de Iron Maiden o AC/DC pero no sería igual de gratificante. ¿Qué contaríamos de nuevo de cualquiera de sus grandes discos? ¿De qué serviría? Todos empezamos con ellos y hemos oído cientos de veces, merced a la poca originalidad de nuestros locutores de radio y nuestros periodistas especializados, lo que rodeó sus grabaciones. Por eso me sentía desalentado hace unos días cuando empecé a trabajar en un clásico que, siéndolo, me parecía que resultaba bastante obvio y todavía bastante reputado. Sin embargo se me cruzó éste en el camino y todo cambió. ¿Quién se acuerda ahora de D.A.D? Pocos. ¿Fueron todos sus discos buenos? Ni mucho menos. Pero, ¿el que tenga este No Fuel Left For The Pilgrims lo hará sonar de nuevo en su casa o en su coche y volverá a disfrutar de su grandeza cuando lea esto? Seguro que sí. Y si algún chaval se atreve a buscar sus temas por internet o hacerse con el disco, pues mejor que mejor.

Efectivamente, D.A.D ya no suenan (musicalmente hablando) como antes, ni siquiera sonaban en este álbum igual que lo hacían en los que les precedieron, pero con No Fuel Left For The Pilgrims lograron el sonido que les convirtió en uno de los grandes del hard rock europeo en ese periodo mágico que tuvo lugar en el ocaso de los ochenta y principios de los noventa, y en una banda que todavía despierta el cariño y el respeto de muchos de nosotros. Considerado por muchos como el álbum de debut del cuarteto danés, lo cierto es que antes de que No Fuel Left For The Pilgrims viera la luz, D.A.D ya disfrutaban de una destacada reputación en su país natal merced a dos trabajos previos editados por una discográfica independiente. Y fue a través de ella como se publicó también por primera vez este disco, aunque el paso de su iniciático y ambiguo country pop oscuro y rudimentario al hard rock brillante y cargado de sarcasmo de su nuevo álbum propició que los ojeadores de Warner, que ya se habían fijado en ellos por su éxito, decidieran ficharlos para editar éste y sus posteriores trabajos a nivel internacional. Así, en 1989, Disneyland After Dark -que es como se llamaba la banda hasta que la Disney impidió que existiera una banda con tan mágico y al tiempo macabro nombre (algo así como "Disneyland al anochecer")- dieron el salto internacional ya bajo las siglas de D.A.D. Sleeping My Day Away abría el álbum con su mítico punteo y su letra reivindicando la vida nocturna en la típica actitud de la banda de los hermanos Binzer (la formación la componían Jesper Binzer a la voz y la guitarra, su hermano Jacob a la guitarra solista, el loco de Stig Pederson al bajo y Peter Jensen a la batería) con la que nunca acababas de saber si hablaban completamente en serio. Este factor, que les hacía únicos, se enfatizaba en la siguiente Jihad (de cuyo estribillo extrajeron el título del álbum), en la que se reflejaban con sarcasmo la crisis de oriente próximo que desembocaría en la guerra del golfo a través de todo un himno. Y es que D.A.D eran realmente únicos. ¿Cómo si no hablaban de una relación desde un punto de vista tan freak como lo hacían en Point Of View -poniéndose en la piel de un tipo con el ego disparado- o titulaban un tema ZCMI aunque no significara nada simplemente porque sonaba bien? Eso sí, podían ser los más heavies, como se reflejaba en Rim Of Hell, una especie de adelanto al Razors Edge de AC/DC, o en True Beliver, un tema en el que no sabías si hacían una oda o se reían de los integristas del lado salvaje. Pero cuando demostraban que estaban completamente sembrados era en himnos como la inigualable Girl Nation, temazo en el que reivindicaban una sociedad gobernada por mujeres para solucionar todos los problemas. Tras ella, Lords Of The Atlas les servía para narrar un viaje de ácido, Overmuch para sacar su vena más AC/DC y explotar esa voz de carajillero medio borracho que convirtió a Jesper en el cantante más adecuado para la banda (hasta este disco había compartido dicha función con Stig Pederson), o Siamese Twins para seguir jugando con los tabúes (estos no hablaban de relaciones con gemelas como hacía Warrant, sino con siamesas). Ya en la recta final Wildtalk era otro hit en el que daban un repaso a todos los "comeorejas", antes de despedirse con la broma final de la frenética Ill Will.
Con un producto tan diferenciado, resultado de una música francamente buena y unas letras excepcionales, a nadie se le ocurrió pensar que la jugada de la Warner por hacerse con ellos fuera mala, pero el resultado -como en tantas otras ocasiones sucedió cuando se trató de exportar una banda europea a los Estados Unidos- no fue satisfactorio. No Fuel Left For The Pilgrims fue un relativo éxito en Europa, dónde la banda se ganó una buena legión de fans, pero en los States, objetivo primordial de la compañía, no pasaron del puesto 116 del Billboard. No obstante la banda insistió en la formula en su siguiente y también celebrado -por nosotros, sus fans- Riskin' It All, pero el nuevo pinchazo al otro lado del Atlántico y la crisis que sufrió Warner en aquellas fechas acabó por perjudicar a una banda que vió frenada su lenta pero ascendente carrera. Tuvieron que pasar cuatro años hasta que viera la luz un nuevo trabajo de los daneses (ya en EMI) que, siempre abiertos a cualquier tipo de música pero reacios a renunciar a su sarcasmo, eligieron otra vía del rock menos festiva para sacar a relucir sus brillantes letras. Quizás D.A.D sean más perdedores que ganadores, pero echando la vista atrás a las páginas más inolvidables de la historia del rock, uno se da cuenta de que muchas de ellas están escritas por bandas como la suya, y con discos tan memorables como éste.









